Sistema sanguíneo en desborde

Romper vasos
e introducir
sus cortantes añicos
en el corazón.

Que cada latido
bombee cristal
y las arterias y venas
se conviertan en cruces
de carreteras accidentadas.

Que la lengua
sea más roja aún
y de las orejas
salga un reguero
de vida ida.

Que ese agujero negro
que hay en el centro
se haga pozo con fondo
y se pueda dar pie
una vez dentro.

Que se rompan las uñas
creando un agarre preciso
con el que escalar
los fríos muros;
no importan
las más que seguras
laceraciones.

Cuando se quiere salir a flote
no importa que estés perdido
en un cinturón de asteroides.
Todo lo que debes hacer es,
si es necesario,
dar tu puta vida.

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Mismo hoyo, mismo tonto

Volver a soñar
con ella,
náufrago en un mar
de un insomnio.

Vuelve el canto
a mis oídos
y vuelven los labios
entumecidos a imitar
la media Luna.

¿Habías escuchado
alguna vez
el canto del ruiseñor
en el fondo
de un pozo?
La acústica es perfecta.

Pasado en vuelta contra el espejo

Siguió el ir y venir
sin las mierdas de antes.
Ya no te paras en el parque
para morrearte,
ni te vacías los litros
como en otros tiempos.
Lloras menos, pero por cosas
de mayor importancia.
Tienes libreta de poemas nueva,
pero solo dos en cuatro meses.
Compras whiskey
y te dura un mes.
Pasas el porro
a las dos caladas
y no a las cuatro,
como si fumases
de una central nuclear.

¡Qué cojones!
Dejemos las mierdas
de despertadores
y las botellas enteras,
¿qué es Blade Runner
sin luces de neón,
sin un plenilunio
al que aullarle
junto a las estrellas?

Llévame de bares
una vez más.
Saca mi tinta
y mi lienzo
en blanco
y mancíllame
sin piedad
con tus mareas.
Mánchame de lágrimas
y gotas de cerveza.

¡Despreciame!
Y después vuelve
a mí, corriendo
y llorando,
pues sin mis folios blancos;
no eres nada.

Me miró la Luna y me hizo fuego y ceniza

Se desvanecen
las voces
entre lumbres
e improvisaciones
con canciones
otrora olvidadas.
Crepitan las chispas
llorando por la libertad,
que más da,
si esto es solo una vez.
Acerquémonos allí,
a la hoguera;
esto no se repetirá.
Hablaremos de laberintos,
de Bowie o El Resplandor.
Hablaremos del barrio,
de la calle y del grito
unísono resultante
de la lucha.

Pequeña explosión liberadora

Como un perro
corriendo por el almanaque
y mordiéndose el rabo.
Moviéndome presto
a las órdenes del amo.

Persigo cláxones
calle abajo
y choco
con los veladores
y sus tiradores
de cerveza.
Me cago en mi vida,
vuelvo a las mismas
y confundo la mierda
del vecino
con el plato estrella
del carnicero.

Olisqueo los caminos
y encuentro un rastro
de gasolina;
voy a rechinar
los colmillos
a ver si prendo fuego
a esta jodida ciudad.
Humean las palmeras
y lanzo el colchón
por el balcón..
Voy a liarme
un canutito
tumbado en la carretera,
mientras os veo correr
como si fuerais mis presas.

Sabana urbana

El azote del viento
y de la lluvia arrastrada
contra la persiana.
Percute de nuevo el insomnio
en mis ligeros párpados
sostenidos por ojeras.

Están frías las sábanas
al primer contacto.
Las plantas de los pies
buscan contacto cálido.

Los sueños se escapan
a cada vuelta
dada en la cama.
Búsqueda incompleta
hasta que llega la mañana.

Despierta la ciudad
inundada por la niebla.
Mientras, yo aún
no he dormido.
Inundado.

Algunas mañanas como estas
recuerdo el regusto del whisky
en los días de resaca,
o el sonido de la bolita
rodando y chocando en la ruleta.

Cuánta semejanza entre mi vida
y un casino sin luces ni premios.
Ya no uso ni el flexo,
huyo de los reflejos
y me mantengo a la espera.

Acecho la oportunidad.
Depredador fracasado
que sigue intentándolo,
que se sigue ocultando
en los arbustos
y que frota sus zarpas
con la maleza
mientras saborea
el aire, imaginando
a la presa
que nunca llega.

Para el viento
y ya no hay lluvia
ni ventana cerrada.
Cantan los pájaros
y hierve el agua
a la espera del café.

Nubes negras – libros viejos

Canta el agua
chocando contra las casas.
Percute arrítmico
el sonoro trueno.

Escapa Mozart
de los auriculares
de un hombre.
Las mesas vacías
o repletas de folios
y libros.

Un pequeño grupúsculo
de aprendizaje.
Cambiar la cerveza
por el café.

Bien sé que estarás
bailando entre las páginas
de aquel viejo libro.
Regando con sonrisas
y alegrías
la vida de otro.

Tiro una piedrita
en el estanque
evitando pájaros.
Cinco rebotes
en la superficie
torturada por la lluvia.

Desaparecen las nubes
dejando libre al Sol.
Ya no hay sonido
ni ritmo;
solo yo.

Incitación a la locura

Disparamos al cielo gritos de ira
que terminan convirtiéndonos en mero muñecos
siempre dispuestos a seguir una orden,
sea esta de la norma o de la voz
aquella que no deja de joderte la cabeza.
Que te dice “bebe, bebe,
otra más, otra cerveza
y te sentirás mejor”,
así estés rodeado de tu propia mierda.
Que te dice “apuesta, arriésgate”,
que te cuestiona la dureza
de la pared y tus nudillos
contra ella.
Que te exprime los sesos,
te ahoga en ansiedad y estrés
te corta la lengua
te desordena
las
palabras
te rompe
el corazón
y las piernas
y te hace acabar
nadando en tu miseria
sin importar si estás solo o acompañado.

Esa voz.
Que nunca calla.
Que percute constantemente en tu mente
y que seguirá hasta que se apague.

Y, joder, espero que no haya nada
tras la muerte,
porque seguro que sobrevive.

Retorno a la añoranza

Vuelven la lluvia
y las rachas de viento.
Leña en las chimeneas,
café sin hielo
y pantalones largos.

Hace días que no hablamos
y ya me he acostumbrado
a tu falta.
Vuelvo a mirar por la ventana
mientras las copas de los árboles
bailan a lo lejos.
Las cigüeñas se han ido.

Se forman charcos
en la superficie
de las despistadas sillas
dejadas a la intemperie.

Borbotea el agua
intentando romper
la barrera del grano molido.
Se va acumulando
el líquido negro.

La calle toma
un tono esmeralda
tras varios minutos
de férrea observación.

Tal vez, esta atmósfera
no te sentara bien.
Tú, tan friolera,
de color ámbar
y melena larga.
Tú, refugiada
con tu gato
bajo sábanas.
Mientras yo,
en otra ciudad,
viendo por la cristalera
de la cafetería
cómo los gorriones
se bañan
en los charcos
de lluvia.

Deambulé por adoquines sin playa

No está aquí.
Sea lo que sea.
Está perdido,
haciendo autoestop
en alguna gasolinera.

Mirar adentro
cada vez sirve de menos.
El pensamiento
se entrecorta;
tiene interferencias.

Ya no juego
al ajedrez,
sacrifiqué todas
las torres
y decapité
a los peones.

La botella de agua
dura menos
que de costumbre.
Ya no estoy
tan habituado
a la cerveza.

Un estoque
guardado en un bus.
Los asientos ocupados
y el calor
abrasador.

Se acumulan
los libros
y ya no escribo
con la soltura
del whisky.

Solo me queda
soñar con mochilas
y botas resistentes.

Ya está aquí.
La bifurcación
no marcada en el mapa.
Ambos caminos
son en solitario,
y yo sigo perdido.