Adiós

¿En qué momento
no volverte a ver
pasó a ser mi futuro
más deseado?
¿En qué momento
las cervezas en la calle
dejaron de saber iguales?

Los litros ya no brillan
ante el reflejo de tu mechero
encendiendo cigarros de liar.

Ya no puedo escuchar
las canciones que ponía
mientras miraba
cómo te peinabas
con el albornoz aún puesto,
mientras las gotas de agua,
aún no secadas,
se deslizaban por tus
antebrazos y rodillas
en busca de un mar
al que desembocar.

Ya solo quedan recuerdos
de noches sin control
en las que eramos uno
aún siendo dos.
Rellenaremos este vacío
con alcohol tomado
junto a otras almas
que se crean cercanas,
mas nunca habrá compañía capaz
de levantar la brisa fresca
que provocábamos al tomarnos
la primera cerveza del día.

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Hay rabia en mis palabras

Cuanto más conozco al ser humano,
cuanto más fuego quema nuestros campos,
cuanta más discriminación hay en mi país,
cuanta más corta es la memoria de nuestra historia:
más hay en mis palabras.

Cuando el recuerdo lo controla
el que merece ser olvidado,
cuando ignoramos la pobreza
y abandonamos a náufragos,
cuando hacemos del egoísmo
una virtud para el progreso:
más rabia hay en mis palabras.

Cuando el que lucha es el tonto
y el que roba es el listo,
cuando el rico avanza en deportivas nuevas
y el pobre es relegado a fabricárselas,
cuando lo que importan son los ceros a la derecha
y no los ceros a la izquierda:
más rabia hay en mis palabras.

Un hasta nunca en el muelle

La fiesta comenzaba a las 1 a.m.,
el pub tenía ambiente de discoteca burguesa.
Su ubicación era privilegiada;
ocupaba un muelle en el centro de Sevilla.
Las vistas eran increíbles pero era un lugar
para beber, y si había suerte
bailar con alguna chica,
no para contemplar la Torre del Oro
y su reflejo en el Guadalquivir.

No tenía pensado asistir
pero una de las pocas personas que no odiaba
me convenció. Que hubiera
barra libre también ayudó.

Todos iban de traje y sonreían felices,
todos se creían amigos,
todos creían que volverían a verse,
todos estaban convencidos de que habían pasado
los cuatro mejores años de sus vidas.
Todos menos yo,
que sonreía porque era una despedida
y porque había barra libre,
y ebrio puedo soportar a cualquiera,
incluso a mí.

Cuatro horas duró la barra libre,
cuatro horas duré en la fiesta.
Con la última copa en la mano
paré en un 24 horas de comida rápida
y me comí una hamburguesa sentado en la calle
mirando el muelle a lo lejos;
las vistas eran realmente increíbles.

Tiempo

Pañuelos blancos con olor a menta. El paquete de cinco pañuelos cuesta 1 euro. A las 8 p.m., tras salir de trabajar, los compro en la tienda de Conchita, una agradable anciana de 70 años que regenta una pequeña panadería emplazada en la calle Gravina desde los 24 años. Los viernes compro también una botella de vino junto a los pañuelos, un capricho a la semana para soltar la mente y poder seguir adelante con la monotonía de un trabajo rutinario, mecánico y agotador.

Ya, ya lo sé, os preguntáis por qué compro cada día un paquete de pañuelos, y esa es la historia que quiero contaros. ¿Por qué un hombre de 43 años necesita tal cantidad de pañuelos a la semana? ¿Por qué un hombre con la vida resuelta, con una esposa maravillosa y una hija bellísima, llora cada maldita mañana a las 8 a.m.? Y yo os digo que la respuesta es muy sencilla: porque nunca he querido nada de esto. Cuando era niño soñaba con aventuras escalando las montañas del Himalaya, con explorar las profundidades del océano y descubrir nuevas especies, soñaba con viajar al espacio y ser el primer ser humano en pisar Marte. Y sin embargo, mi vida se torció y acabé convirtiéndome en una persona normal y corriente, en otro número más de otra multinacional más, en otro empleado más que trabaja 10 horas al día para que su salario diario sea producido con tan solo 24 minutos de trabajo. ¿Cómo acabé así? Envejecí. A los 15 años ya tenía 30 años, de golpe me convertí en adulto. De un día para otro tuve que encontrar trabajo para mantener una familia, tuve que escuchar las noticias para que me dijeran a qué partido votar, tuve que dejar de soñar, plantar los pies en el piso, afeitarme cada mañana, cambiar las camisetas de Pink Floyd por una selección de siete camisas blancas a juego con un par de trajes negros, cambiar las deportivas confeccionadas por un niño explotado en Bangladesh por zapatos serios fabricados por otro niño explotado de Bangladesh. De un día para otro pasé de comprar golosinas en la tienda de Conchita a comprar paquetes de pañuelos y una botella de vino los viernes.

Sí, ya lo sé, querido lector, toda esta historia suena ficticia, no hay ningún caso documentado de alguien que pase de tener 15 años a 30 en un solo día. Y llevas razón, pero esta es mi historia y en mi historia cuento lo que yo quiera. Y lo que quiero ahora es pasar de 43 años a 60 de golpe y porrazo. ¿Que cómo lo haré? Con la muerte de Conchita, la entrañable anciana que regenta una pequeña panadería emplazada en la calle Gravina ha muerto hoy, a las 7 horas y 57 minutos p.m., justo antes de que entrara a comprar mi paquete reglamentario de pañuelos. ¿Causa de la muerte? Aburrimiento de la vida. ¿La tienda? El banco se ha quedado con ella y planea venderla a un joven insensato que planea abrir una peluquería canina. ¿Mis pañuelos? Ya no los necesito, soy demasiado viejo para sentir emoción por algo y llorar. Eso sí, ahora compro una botella de vino al día en un moderno supermercado que han abierto al lado de casa, tengo que beberlo escondido por las noches porque sino mi mujer se enfada, aunque creo que me dejará pronto, ella sigue teniendo tan solo 40 años.

La isla de los muertos

El remo se hunde
con suavidad
en el mar en calma.

Quedaron en el olvido
los tiempos de dioses
bravucones que embravecían
las aguas en busca
de la muerte
de intrépidos marineros.

La barca avanza
en la soledad
de lo onírico
en busca de transcendencia
para dar sentido
a todo lo que no lo tiene.

Abrazo el destino
que me ha sido concedido
por mi vida errante,
que esta isla sea mi tumba
y yo otro muerto más.

Sentido

Resulta absurdo pensar
en la vida y
en su sentido. Civilizaciones
enteras han divagado
por los derroteros
de esta cuestión
sin respuesta
y, ninguna de ellas,
ha pensado en que
el sentido de la vida
es, precisamente,
su falta de sentido.

Cuentos.

No encuentro el punto final
a esta etapa larga.
Tampoco encuentro la palabra
que dé inicio al
siguiente párrafo
de este diario,
no porque no tenga
nada que contar,
sino porque vivo
inmerso en este cuento
sin terminar.

Herencia.

Una mancha oscura
se extiende por mi pecho
provocándome un dolor profundo
fuera del plano físico.

Me maltrata gritándome
que ya conozco
mi camino,
que no seré el primero
de mi ascendencia en caer
en la misma trampa,
que abrace mi destino.

Generaciones enteras con la misma mancha
y la misma desesperanza,
que destila nuestras almas
dejando solo malos recuerdos.

Este ocaso asesino se me presenta
como único final,
pero yo sé lo que hay detrás;
un estadio superior de la existencia,
de MI existencia.

Aún así,
el veneno
de esta mancha
heredada
nunca ha sido
vencido,
y dudo
que yo sea
el primero en
hacerlo.