Recinto

Caminos de albero
bañados en vino barato
por gente trajeada.
La sinrazón del que no quiere ver
más allá de su pecera,
bajar al abismo ya no es meta
mas que del incauto solitario.
Dejan de soñar los pájaros
aceptando sus jaulas
como horizonte último del universo.
Los árboles ya no dan sombra,
sino que sirven
de letrinas improvisadas.
La multitud arrasa,
no deja nada,
solo basura; marcar
su desdichado paso es necesario.
Muere cada día
el interior del ser humano,
pelea ya perdida
contra las cadenas
que nos sumergen en las arenas.

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Llegar

Pasan las vallas
mientras entre sus rendijas
se despiden desvaneciéndose
el pueblo y sus edificios.
Traquetea el bus
y contacta conmigo
desde el brazo hasta mi cabeza
apoyada en mi puño.
Fábricas destartaladas y edificios derruidos,
antiguos caminos de romanos y fenicios.
¿En qué hemos acabado?
Civilización deteriorada que se viste de luces
en eventos de alcohol, lujuria y desvergüenza.
¿En qué me he convertido?
Aquí, en mi asiento como uno más.
Buscando mis luces
y abriendo mis puertas
a la vacua mediocridad.

Incandescente

Escribo a la penumbra
de la chispa que me quema,
que llama narrándome
al estómago las palabras
de mi desengaño más hondo.
Escribo rodeado por la oscuridad,
a la que hoy no quiero dejar entrar.
La copa pierde su contenido
al mismo tiempo que la tinta
y yo.

Contar lo abstracto en ritmos
de sílabas concatenadas,
imaginando que, en alguna mente,
tendrán sentido. Confiando en
que la sociedad no está
tan podrida como lo que
cada noche me llama
a hundirme en mi nido vacío.
Soñando proclamas que quedan
borradas al diluirse la tinta
en las gotas derramadas.

Pensé, vi y soñé en todo
y en cómo todo podría ser
la razón de mí
y de yo aquí.
De cómo el folio
puede ser el que me libre
apretando y encerrándome
aún más. Nunca desafíes
tu capacidad de aguantar.
Llevo sumergido más de lo que nadie
podría recordar y cada persona
que me ha intentado rescatar
yace a mi lado inmóvil,
flotando en mi podredumbre
de la que siempre he querido
salir. Y hela aquí, enguñéndome
en el autoengaño que me hace
no confesar que navegar
en mi propia toxicidad
me hace sentir grande,
que me hace creerme
el Caronte del ahora
que zarpa de las nuevas orillas
de la mediocridad
arrastrando con su remar
la pena del perdido
dentro de la brújula.

Llevo mi barra a mi origen,
a mi nacimiento bañado
en enfermedad; la sangre negra.
Ser nefrótico acarreando una lámpara
de aceite siempre a punto de terminar.
Hasta que la chispa pasa y no prende,
y todo sigue en pie menos yo;
rendido aquí, a ciegas con el flexo apagado
y palabras inconexas manando.

Compasión

He visto sonrisas que desaparecían
en el horizonte, como gaviotas
migrando al sur en invierno.
Gente que se marcha, como conchas
tragadas por las olas
en la orilla de cualquier playa.
Palomas picoteando restos de colillas
en lugar de trozos de pan.
Gente yendo a misa
para expiar sus pecados;
el autoconvencimiento del perdón
del débil e incrédulo.
Pero con todo lo que he visto,
con todas las fosas
donde los huesos anónimos
se abrazan entre tierra,
barro y gusanos,
con todo ello,
lo más triste es
ya no creer en nada;
ni en mí.

Espasmo primaveral

Mis costillas buscan rodillas,
quieren sacudirse, reencontrarse
con los ya olvidados golpes al costado.
El mentón, a veces,
también se une al recuerdo.
Y los labios partidos,
la nariz ensangrentada,
el abdomen prieto,
los brazos contraídos,
la cadera cansada.
Pero todo lo que le doy
a mi cuerpo es resaca
y días muertos.
Ni cogiendo un coche
encuentro el choque,
los quitamiedos me rehuyen,
igual que me atraen
las naves industriales
bajo la lluvia
de cualquier noche sin Luna.

Grito acompañado
y me doy vergüenza,
¿dónde quedó mi tranquilidad?
Ah… Qué jodido es recordar
cada puto bar y no
encontrarte en ninguno.
He dejado de escribir
cuando bebo; el miedo
de ser honesto con tu reflejo.
Nadie sabe cuánto intento vivir
pero todos me ven fracasar
y dejarlo de intentar.
Si mi fuerza fuera de voluntad
alzaría mi cama y la tiraría
por la terraza, con los restos
de aglomerado me haría
una barbacoa y con el móvil
en privado te llamaría
e invitaría. No sería
la primera vez en que ahí
te mirase; tostándote al Sol,
refrescándote con cerveza
y bajando tu rostro triste.

Todo lo que hago
es ocupar mi tiempo.
Ya no busco estar solo
ni períodos de reflexión.
Pero aun así, mis versos
están repletos de condicionales,
si no los estuvieran
estaría actuando y no pensando.
Y ahora que la lluvia para
y la primavera regresa,
¿qué será de mí?

Lo contrario a útil

Es difícil aceptar que somos prescindibles;
nos gusta pensar que tenemos una función,
que el sistema nos necesita
y que somos una herramienta.

Qué difícil es el desapego
a todo lo que nos oprime,
cuestionar el cielo y sus colores
aunque llevamos toda la vida viéndolo.

Ojalá la tuerca sea la que rompa
a la llave que la aprieta,
que el atril se revele
y los colores se mezclen
en uno solo, que aun siendo uno
sea heterogéneo y sea varios.
Y, si las calles fueran de todos,
qué felices serían las golondrinas
que anidan en el respiradero de mi casa.

Dejemos ya de buscar el sentido
y simplemente brindemos
por romper el tejido
que nos mantiene prisioneros.

Y si te viese

Antes tenía miedo de ir a la ciudad
por la posibilidad de verte,
ahora me atosiga la idea
de que nunca más volvamos a cruzarnos.
Y es que la cerveza
sigue siendo cerveza,
pero yo no sigo siendo
el que era.
Dónde estás para mirarme
sonriendo cuando cuento ilusionado
algo que solo a mi me interesa,
aunque tú ni me entiendas…
Ya ni mis vicios sientas como vicios,
y es que si no estás
no me puedo castigar
y ya no puedo ni buscar tus fotos,
a pesar de que tenga en todos lados
aquella que me hiciste.
Ya no sé qué hacer o qué mirar,
pero este fin de semana muero
por verte entre la multitud de la ciudad,
aunque ni te pueda saludar.

Si la noche fuera negra y no amarillo bombilla

Otra noche sin dormir
mirando por la ventana
cómo los edificios son tragados
por un tapiz rojizo
de humedad vaporizada
que lucha por su espacio
contra la luz
de la civilización.

Los auriculares y John Frusciante.
Nadie me escucharía
pero con altavoces
no sería tan íntimo.
A estas horas el móvil
es inútil; nadie conectado,
todos dormidos.
La gente dice que sus mejores sueños
ocurren cuando están totalmente dormidos,
yo digo que no saben
lo que es soñar.
Mirar a la pared
como si fuera el vacío,
bajar las pulsaciones
a un casi inexistente 41,
escuchar nada más que el bajo
de las canciones
que te lleva cavando
a aquel iluso planeta
que planeas construir
el día que dejes de soñar
y empieces a actuar.
El día en que el oído izquierdo
te deje de pitar
y tu estómago deje de contraerse
cada vez que desvíes tu mente
y acabes pensando en tu muerte,
¿qué quedará?¿qué habrá?
No sé qué es más potente;
mi cobardía o mi escondido
afán aventurero. Y es que,
al fin y al cabo,
siempre he querido hacer rafting
por los míticos ríos
del mar Egeo.

Pienso en mi infancia
y solo recuerdo el deseo
de que todo fuera una película
de espías, de esas malas
de los domingos por la tarde.
Que toda mi vida
no fuera más que una prueba
para estar listo en algún
momento y poder hacer
frente a un gran desafío.
Ahora comprendo que la vida
no es una mala película
y que nunca te prepara
para nada.
O lo superas o ahí te quedas.
Muertes, desahucios, suicidios,
mafias, proxenetas, gilipollas
pasados de rosca
que atropellan, muertes no:
asesinatos que, según dicen,
sirven al arte.
Cuadros tapados y artistas
desconocidas por tener vagina.
La cadena perpetua
de la falsa libertad impuesta.
No tolero vuestras arcaicas mierdas
ni un día más,
quiero explotar como vuestras
bombas nucleares.
Quiero dejar un vacío
tan grande que haga que la luz
se corte cada noche y que
las estrellas vuelvan a espiarnos,
que la niebla ya no se vea
cuarteada por farolas y civilizaciones.

Qué necesidad había de escribir por la noche

Hoy me ha bastado con unas pocas
cervezas y unos pocos porros.
He podido llegar entero a casa
y ponerme a escribir antes de tirarme
a la cama. Me resulta extraño
ser medido y encontrarme sobrio
en esta noche. Mis dilemas
me matan, mirarte no ayuda
y todo me asusta
y acaba en desgracia.
La cama me llama y yo pido silencio,
un silencio muerto, que para pensar
necesito garabatear, hundirme
y recordar el atrás,
¿qué será?

Harto ya del estándar,
de escuchar y no hablar
y de adueñarme de diálogos.
Empezar a actuar me resulta difícil
porque nunca soy yo
y actuar sería serlo aún menos.

Mirar y tocar no siempre
significan querer;
volar y aterrizar
son dos opuestos independientes.
Fotografías y cuadros en una mente
sin amueblar; inhabitada.
Llanto en lluvia que languidece
ante el ardor común
del orador vendido, del que escucha
como huida y no como opción.
Cerillas, zippo o mechero, lo mismo
son frente a un trueno
y un bosque como víctima.
De qué sirve el gotero de suero
si no se quiere vivir.
Libros sin subrayar y folios en blanco,
tira ese cuaderno y esa pluma;
de nada sirve lo que tengas dentro.
Habla con el de al lado,
se vivaz, auténtico;
respira, sueña, avanza,
pero siempre dentro del sendero.

¿Qué miras?

Añorar, qué curioso verbo,
¿de dónde vendrá?
El sueño ya no es recurrente,
y por eso mismo es más fuerte.
No necesito repetir aquello,
con un fuerte recuerdo de tanto en tanto,
consigo que mi dolor vuelva,
que el alcohol cicatrice,
que el dinero no valga y el agua
sea mar y el mar hogar,
que la tienda de campaña
sea de cinco estrellas y el cielo
sea lo que tenga que ser.
Los ojos de un iluso
que cree en lo
que no cree.

Que la marea parta
la roca que yo no fui
capaz de escalar
en aquella costa.
Qué importa ser mero pez
si todo lo que quiero
es no recordar y caminar.

Lobo mojado

El abrazo de la chaqueta mojada;
los paraguas están para quienes temen amar.
De todas formas, mi temor es estar en cama
y la lluvia no para.
La estación está desierta, excepto por un segurata
que me dice, con mirada triste,
que mi bus sale de otra parada.
Tengo que andar un trayecto de 15 minutos
a las 5 de la madrugada.
Bajo la lluvia intensa,
con la ciudad convertida en un enorme charco,
con ampollas en los pies,
con el poco abrigo que tengo mojado,
con el alcohol de la cerveza diluido
y con el móvil soñando con palabras
que nunca llegan.

En un cubo de basura
veo un paraguas con el mango
partido por la mitad;
miro a mi alrededor asegurándome
de que el segurata no me vea y,
con el descaro de un niño
saltándose la catequesis,
o de un adolescente faltando a clase,
cojo el estropeado instrumento
que servirá de solista en mi travesía.

Salgo a la calle y abro mi adquisición;
el mango roto es demasiado corto
y la tela superior y las varillas
se clavan en mi cabeza.
No me sale más que reír.
Río a carcajadas en la calle solitaria
resistiendo con mi inesperado gozo al vendaval
y a la lluvia torrencial.
Las botas empiezan a empaparse
al pisar tantos charcos,
y mis pies llenos de ampollas
viajan con antiguos dioses del sueño
a otros mundos y,
aún así, río. Carcajeo a raudales,
compito con la lluvia, con la naturaleza,
para ver quién puede estremecer
más a la tierra.
¡Qué le jodan a todos!
Sigan durmiendo ebrios de rutina,
sueñen con la desfachatez de las gráficas
que decrecen a gritos y crecen a aplausos,
sueñen con el señorío impuesto del falso mando,
con salir en la tele y ganar dinero para tapar agujeros.
Mientras tanto, yo saltaré de charco en charco,
de carcajada en carcajada,
cabalgaré paraguas rotos,
meteré el móvil en cuencos de arroz y,
cuando ustedes despertéis,
yo soñaré con unicornios blancos,
con androides, con los bares de París
y con un antiguo velero hundido en el Pacífico.