tanteo a oscuras torturado por una voz

siempre
acabo en la cama
abrazando la duermevela
siempre igual

siempre
acostumbrando la mirada
a la oscuridad
para intentar ver algo
siempre igual

siempre
respirando ilusiones
-serás gilipollas-
viviendo en conjeturas
siempre igual

siempre siempre
rumiando quejas
quebrando recuerdos
siempre quieto
siempre igual

igual que siempre
roto
trozos de vidrio
y libros rotos
siempre

siempre roto
las libretas llenas
el cerebro podrido
pensando en mañana
siempre en mañana

insomnio siempre
ojos abiertos
y las manos agarrotadas
golpes en la pared
siempre igual

siempre lastimero
siempre quejido
siempre manso
siempre con algún pero
siempre herido

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El albedrío de los gorriones

Pienso, a veces,
en los pájaros.
En aquellos cuervos
que antaño llevaban
en barcos
para liberarlos
y ver si había tierra cerca.
También pienso en los que anidan
en el respiradero de mi casa,
me siento casi un padre para ellos.
Pero en lo que más pienso
es en si ellos se piensan libres.
¿Pueden, aún con alas, sentirse atados?
Como la llama que baila
en el fósforo de una cerilla
y no puede separarse del pequeño palo.
Pero, al fin y al cabo,
¿qué es ser libre?
Yo he intentado serlo,
apreciar solo a los libros,
en el mundo material,
y practicar el desapego,
en el inmaterial.
Y he conseguido sentirme
a flote en un vasto mar,
pero totalmente solo
y con todos los cuervos ahogados.
Sí, he sido libre
por un tiempo.
Nada de alarmas,
ni de conversaciones,
ni de preocupaciones,
ni de mirarme al espejo
o afeitarme.
Pero he comprendido algo;
la llama, cuando baila atada,
está viva, pero cuando queda liberada,
muere.

Suelo empedrado, sirenas y un paseo de “quisiera”

Desde entonces, ha vuelto
el frío y el tiempo
se ha acelerado.
Parece que fue hace un año.

El Sol pegaba a fuego medio
y mi cabeza luchaba
por mantenerse fría.
Contaba y memorizaba
cada uno de sus lunares
sin que se percatara,
dos en el lado izquierdo
del cuello; uno de ellos
prácticamente en la clavícula.
Su pelo ondeaba al son
de las esporádicas brisas
explotando en destellos
castaños sabor rubio.
Paseábamos por las clásicas
calles de Sevilla,
aquellas que tantas veces
había recorrido
y que ahora
parecían nuevas.

La fachada de la Giralda
bailaba para nosotros
guiándonos a la siguiente calle,
hasta terminar en la Plaza de las Banderas.
Un dulce sonido como de instrumento de viento
nos atrapó, buscaba ella de dónde provenía
y yo la miraba,
qué más daba de dónde viniera
si ni semejante canto de sirena
era capaz de desviar mi atención.
Los viandantes se veían capturados
por el sonido hasta terminar enjaulados
por la trampa del canto delicado, suave y recatado
de un señor de asombrosa acústica.

Evité la trampa,
pues yo ya había sido capturado.

No te vayas

Quiero saber de qué color
ves el brillo de la Luna.
Si eres de atardeceres
o de amaneceres.
Si siempre tomas
manchado cortito
o te atreves con
el café solo.
Si disfrutas pasear
o eres de andar con prisa
de aquí para allá,
si tu ducha es de mampara
o tu bañera tiene cortinas.
Si tu cabello cambia de color
con los reflejos del Sol
y si tus ojos
resplandecen cuando hablas
de lo que te apasiona.
Si siempre fumas de liar,
si sabes nadar
o si te molesta la arena
de la playa.
Si te gusta la montaña
y los museos,
si te preocupa el tiempo
y calculas la distancia
en días y meses.
Si prefieres trenes o aviones.
Si prefieres
quedarte
o irte.

Epílogo a una noche

La noche terminó
y quedaba algo por decir.
Sábanas amarillas
a un lado,
sofá rojo al otro.
La cabeza hacia atrás,
los ojos cerrados
o mirando hacia arriba,
los músculos preparados
y ardiendo en combustión,
las manos encadenadas
a tu cuerpo,
pero limitadas.
La tele ya no tiene
nada que enseñar
y el vidrio rojizo llama,
qué desperdicio
vivir en fallo continuo,
¿qué hubiera sido?
El humo empieza
a abandonar el salón
y quiero mirarte a los ojos
pero, o tengo miedo
o me distraigo con tu piel.
Tengo la mano quemada
y no he hecho nada,
ahora el vidrio no llama;
grita.

Nunca fui capaz de decir
y ahora que lo digo
nada es como esperaba.
Se acaba el café
y el licor que lo acompaña,
ya no sé dónde agarrarme
ni cómo pensar
sobre mis acciones.
Las nubes tapan las vistas,
la lluvia se hace desear.
Deja de mirar atrás
y hacia delante.

Echa las cartas para mí,
no quiero saber
pero quiero ver cómo barajas.

La basura se acumula
y el agua corre
sin límites ni rumbo.
No me ha tocado el Sol
y, aún así, cierro los ojos
e hidrato mi piel.
Se cercan las tierras
y ya no puedo correr.

Se escucha el tic-tac
cuando no tengo nada que perder.
La boca semiabierta
cuando las manos buscan
y la electricidad se desboca.
Ya no hay más whisky
y mi colchón duerme solo,
no se volverán a levantar
las persianas, qué importa
la luz cuando se anda cegado.
Se amontonan mis ideas
y cuando te veo
mi cerebro se pierde.
Qué cerca tuve la manzana
aún estando desdentado.
La boca se seca
y la botella se acaba,
qué me dirá el cielo
cuando consiga verlo.

He extendido la mano
y te he visto,
un escalofrío en todo mi cuerpo,
tu cara con los ojos cerrados,
inclinándose hacia mí
de nuevo.
Las lágrimas se me escapan
de recordar lo que fue,
nunca he revivido nada
con tanta intensidad.
Sigo con la mano extendida
y vuelvo a ver
tu cuello y tu pecho
casi descubierto.
Vuelvo a empalmarme
y sigues sin estar.

Nunca pensé
que rememorar
pudiera ser
tal y como
volver a vivir.

Astros a través de las rejas

Abrazar con todas tus fuerzas
cada uno de los derrumbes
y puentes que te definen
cada día.
Aprendo
que entrecerrar los ojos
no está mal
y que el pescado
debe tener espinas.
Los puñales deben tener filo,
como los gatos uñas.
Poco se piensa en las continuas
explosiones del Sol,
¿tendrá envidia la Luna?

Ojalá la marea sea alta
y la cerveza del chiringuito
sea barata,
tantas zonas que quemar,
tanto que superar
y caminos que calzar.

Y este olvido
sigue pasando por cunetas
sin abrir, por voces
enterradas que ahora
nos despiertan.
Ya no tengo
más acordes para
mi canción.
Se acabaron los suspiros
en Si menor;
es hora de recorrer
mil millas con botas
y pluma con recambios.
Las ballenas se han perdido
y habrá que volver a encontrarlas;
no quiero estanterias
ni quitar cuadros,
sino coger ramas
y encender hogueras
que se apaguen
por tormentas de verano.

A mi fuego
ya le queda poco.
Cuesta alimentarlo
libreta en mano.
Las chispas de los raíles
del tren seguro
ayudarían.

No más flores para el pelo

Buscando la paz
no he encontrado
más que angustia.
Flotar y volar
como mariposa de metal;
con peso y reticencia
a toda parada.
De viajes y pulgares levantados
quisiera alimentarme;
cambiar mi carga
por una mochila
de 50 litros.

Quemar cada pantalla,
volver a lo analógico
y ser capaz de hablarle
a personas que ya no están
en la agenda.
No más música en diferido
ni vídeos de caminos
y campos por los que sueño pasear
(contigo, seas quien seas).

Qué mal momento
para recordar las cuestas de flores
y para acabarse el hielo.
Nunca me ha gustado
el alcohol caliente,
aunque mi primera borrachera
fuera de botellas
a temperatura ambiente.

Y es que siempre me acompaña
el calor y el sudor
que provoca mi mente,
ya sea verano o invierno
la soledad no cambia
y la copa baja
a la misma velocidad,
sin desvariaciones
en su constante.

A Barcelona sabe mi destino
y a París mis recuerdos,
de Roma ya he aspirado
y en Ámsterdam los tulipanes
se queman esperándome.

Ruptura de la estabilidad

Restos de cristal por el suelo
y sillas desperdigadas por el salón.
Manchas de cerveza
y todas las variedades
de licores
por todo el suelo.
Ecos de la noche que aún resuenan
bajo una Luna que ya no es roja.
Paseos eternos a ecosistemas
ya conocidos
y siempre amados.
Vistas y risas que no me saben a nada
pensando que podrías haber estado.
Que podrías haber escuchado
mis historias de siempre;
las de galerías subterráneas,
las de dragones protegiendo castillos
y las de molinos de piedra.
Pero es que, en realidad,
ni siquiera sé cuál
es el dibujo de tu iris,
ni si eres de las que miran
abajo, al centro o arriba
mientras andas.
Y, aún así, sé que hubieras sido
la miel de ayer,
que no olvidaría jamás la noche
y que el césped
hubiera brillado más verde
que nunca en este verano
de satélites rojizos
y temperaturas suaves.

Cierro los ojos y no puedo verte,
¿por qué tuvo que durar tan poco tiempo?
¿Por qué creo que hubo fuego
si llevo siendo hielo
tanto tiempo?
Y esta incertidumbre…
¿Me viste como yo a ti?
¿Me quemas porque me recuerdas a ella?
¿Te recordaré yo también
a alguien que te quebró?

La colada sigue sin hacerse
pero el bolígrafo persiste.
Tú, de saltos y bailes,
yo, de pies de plomo y lastre
en los hombros.
El río a nuestras espaldas
y el constante cante
del metal y la electricidad
haciéndonos magnéticos.
Mirarte de soslayo
para estudiar tu gesto
cuando algo te agrada,
analizar si andas
como si fueras aire y danza
o como si llevaras peso a la espalda.
Y ya no sé qué hacer,
¿cómo detener el nuevo latido?

Muerto no se estaba tan mal.

Paradas sin salidas

Tomar café en una estación de buses
es toda una experiencia,
el pasar de la gente es constante y,
siendo vacaciones de verano,
a la mayoría se les dibuja una sonrisa.
Mientras tanto, yo tomo café y los observo.
Me imagino quién irá
a la costa gaditana y quién
apostará por Portugal.
Y me imagino que soy yo
quien lleva maleta y una sonrisa,
que soy yo quien tiene toda la espalda sudada
por ir de mochilero en pleno agosto,
y me imagino que soy yo quien está de vacaciones,
pero entonces recuerdo
que no se me permite;
sin trabajo, sin dinero,
casi sin aspiraciones,
cabizbajo y terco
en la introspección
sin final ni respuesta.

Bebo despacio el café,
terminarlo significa dar fin a este poema
y volver a la mediocridad.
Me gustaría probar
el café del aeropuerto.
Ojalá sepa a combustible.

Se calienta el cuerpo y huye el sueño

Los árboles gimotean
mecidos por el aire caliente
que eleva e irrita la piel.
La cerveza se calienta
en cuestión de instantes
y se bebe con la rápidez
de un galgo sano,
como todos deberían estarlo.
Mueren trabajadores bajo
el despiadado calor
del ser humano;
40 grados a la sombra.
Lloran los grillos
en noches de insomnio
en las que una vida
se convierte en un viaje tumultuoso.
Se apilan los ojos que miran indiscriminados;
celos y envidia corroen los cuerpos cuarteados.
Las manos ya no se dan,
se sitian,
y los corazones ya no se aceleran,
se apagan,
y la sangre ya no sirve,
sino que se convierte en néctar negro,
en brea que obstruye razón y pasión,
en veneno que cauteriza heridas
para abrir nuevas más profundas.

Y todo humea.

Y todo quema.

La luz se reflecta
y arden los pies.

Y el agua ebulle.

Salen espinas
en lugar de uñas,
las protuberancias
son la orden del día
y el negro se normaliza
y el día se combate.

¿Cuántas noches más
me quedarán?